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IBIZA Y YO
Supongo que el hecho de haber nacido aquí debería explicar mi manera de sentir, al menos en parte.
No obstante, me gusta pensar que mi decisión de permanecer en la isla y no marcharme a otro sitio a vivir es objetiva.
Empecé a leer libros a una edad muy temprana: mis padres tenían una librería-papelería.
Leí sobre las nieves del Canadá, sobre
las junglas de África, y el
exotismo de Asia.
Estaba seguro de que tan pronto como pudiera me iría a algún sitio fabuloso.
Finalmente me marché y tuve mi tiempo fuera de
la isla: un año en
América y dos en la península española. Posteriormente regresé, a los
veintidós años, para darme un respiro y pensar en mi próximo destino.
Creo que fue entonces cuando empecé a echar raíces en el suelo de la
isla.
A medida que pasaba el tiempo, me iba encontrando más a gusto.
A menudo me he preguntado cómo ocurrió.
Quizá sea porque
Ibiza
es una especie de microcosmos
con un poco de todo, donde no hay nada que tenga una belleza descomunal,
agobiante, ni nada que sea horriblemente feo, y en el que todo parece
estar hecho a la medida del hombre: los
árboles tienen un tamaño
ideal para dejarse coger la fruta, las
colinas son perfectas para
pasear, y las distancias,
vayas donde vayas, son siempre moderadas.
O quizá sea la fuerza magnética
del islote de Es Vedrà,
la impresionante masculinidad
de la catedral del Mediterráneo, al suroeste, en secreta alianza con la
serenidad femenina de la
isla de Tagomago al noreste, con el fin de guardar la isla,
emitiéndose entre ellas algún tipo de ondas protectoras para mantener la
belleza de los campos y el ufano verdor de los densos pinares.
O tal vez sea simplemente la
antiquísima Dalt Vila, donde cada piedra huele a milenios de
vida, y de muerte. Donde, en días grises de viento, juraría que se oyen
voces y gemidos procedentes de oscuros rincones, o del otro lado de
frías y gruesas paredes encaladas.
Pero por otra parte podrían ser sus
gentes, con su actitud ante la vida, tolerante ante recién
llegados, resignada a invasiones regulares y escéptica de formulas
mágicas llegadas de ultramar.
O simplemente el sonido del
Mediterráneo lamiendo las orillas, como ha hecho siempre
desde tiempos inmemoriales, indiferente al hambre, a la guerra, a las
fiestas y a las crisis capitalistas.
¿Se puede realmente identificar cómo la isla se te mete dentro?
¿Se puede explicar qué es lo que hace que tu ser más querido sea
especial?
De hecho, pensándolo bien, ¿es ... amor?
¿O es algo más profundo, un sentimiento del que el amor es sólo parte,
como lo que se siente por una madre, un sentimiento que no cuestiona ni
busca defectos: un simple aceptar?
De cualquier forma, ¿quién me da derecho a juzgar?
Por
GUIA d’IBIZA: Hector
Bonet
Miembro
del A.P.I.T.I.F
-
Asociación
Profesional de Informadores Turísticos de Ibiza y Formentera -

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